jueves, 22 de marzo de 2018

Carta Abierta

Querido Alberto, ese es el nombre con que te conocí,
aunque aprendí a preguntar por Rubén o “Alberto hijo”
cuando llamaba a tu casa en los tiempos sin celulares.

Habrás pensado que como dejé en la adolescencia mi

manía de enviar cartitas expresando lo que siento,
tú simplemente te libraste de recibir una. Hasta donde
recuerdo, nunca te escribí en el cole ni después, sabía
que sin importar nuestras discusiones, al final siempre
volveríamos a conversar, y que el afecto estaría
siempre allí. Y es que en realidad discutíamos porque
yo quería convencerte de lo que me parecía mejor
para tu felicidad, y tú reclamabas tu justo derecho
a la autonomía… y aunque no pronuncié las palabras
“te lo dije”, sabes que a la larga, casi siempre
tuve razón. (Ok, esto último es injusto porque sé que
no me lo podrás refutar como lo harías normalmente,
pero más de una vez lo admitiste.)

Me niego a hablarte o hablar de ti en pretérito. Pero no sería realista usar el tiempo futuro.
Estás en un eterno presente imperfecto,
pues aunque gramaticalmente ese tiempo no exista,
el presente que hoy nos toca a ti y a mí, no es simple.

Me plantaste en nuestra última cita, normalmente
sería algo imperdonable, excepto porque yo también
andaba ocupada esos días. Debí decirte que nunca estaré
ocupada para ti, pero espero que eso lo sepas bien.
Sabes que mi cariño es incondicional y eterno, soporta
cualquier distancia y diferencia, acepta tus cambios
permanentes, tu ocasional indiferencia, tus quisquillosos
quites y hasta tus dilemas aspiracionales.

Se me quedaron varias cosas en el tintero de lo que te diría en enero. Algunas te las dije el sábado,
pero por si no me escuchaste bien con tanta gente
hablándote, algunas te las escribo, otras quedan en nuestra complicidad.

Me jode tanto que una persona tan brillante, talentosa y noble tuviera que batallar toda su vida
por culpa de absurdas normas sociales y de tanta gente
idiota e hipócrita en este mundo.

No recuerdo si alguna vez te comenté del maleteo,
acoso (discrepo del término buylling), que enfrenté
en primaria. Tú te nos uniste en secundaria, y nos
tratamos más los últimos años, en especial quinto
que te sentabas detrás de mí. La vez que nos
encontramos por la Rambla me preguntabas por qué
ponía mi cara de poto y los ojos en blanco cuando
me hablabas de una u otra persona de la promo
a quién tú estimas. Me decías que dejara atrás
resentimientos. Te expliqué que no era
resentimiento, sino ausencia de cualquier
sentimiento. Que aquellas personas eran conocidas,
pero sería hipócrita pretender ahora una amistad
que nunca existió, te dije que no me causa interés
encontrarlas o retomar contacto porque no son
parte de mi vida hoy; porque no existen. Me entendiste
y lo aceptaste, y me lo demostraste la última vez
que nos cruzamos de casualidad por Miraflores.

La verdad no tengo esa infinita capacidad tuya
de comprender y perdonar. Pero sobre todo renuncié
hace mucho a querer encajar o “ser parte de”.
Decidí simplemente abrirme paso dejando de lado
lo que no suma. Tú escogiste un camino que requiere
una grandeza espiritual que yo no poseo.

Bueno, volviendo al tema del maleteo, que es el punto
que te quiero explicar; cuando llegaste al cole,
ya la promo estaba más o menos segmentada
en grupos definidos, y yo estaba al final de la cadena
alimenticia, por decirlo así. Creo que tú eras el único
capaz de hablar y llevarte bien con los leones
y los fitoplánctones, pasando por herbívoros,
tiburones y pececillos. De haber existido un elemento
unificador, un puente mágico, hubieras sido tú,
como la corriente de agua a quien todos
necesitan y respetan. Pero no. Nuestra promo
no se iba a unir, ni se unirá nunca. No logró unirla
la muerte de Freddy, y tú tampoco. La huevada
es que lo que distribuyó los grupetes fueron vainas
más estructurales que no éramos capaces de entender,
y de las que la mayoría sigue sin ser consciente.
Son las mismas vainas estructurales que dividen a
nuestra sociedad racializándonos en una pantonera,
jerarquizando a quienes ostentan pedigrí, resaltando
las diferencias económicas, y juzgando a quienes
no cumplan los estándares sociales,
nada de rarezas o diversidad, todo enmarcado en
la peruanísima política de palo encebado. Yo era rara,
marrón, sin pedigrís, y enfrentaba un maltrato familiar
que me hacía introvertida, llorona, débil y blanco de burlas.

Me imagino que ahorita estás pensando “putamare
ya se puso densa mi comadre”, y en tu cabeza debes
tener varios argumentos para demostrarme que
la cosa es más simple, que las personas somos complejas,
pero que cada ser humano tiene un buen corazón
y hay que acercarse sin prejuicios al encuentro
del otro. Pero ya te dije que no tengo tu nobleza,
que casi nadie tiene tu nobleza, y que eso te expone
a que se aprovechen de ti… como aquella chica que me
contaste que cambió su actitud
de pronto a la vez que te pedía favores en la universidad.
Y si las cosas no son estructurales, explícame por qué
el acoso continuó en tu caso a lo largo de tu vida,
y el mío paró al entrar a una universidad pública.
Porque la homofobia es transversal a las clases sociales,
pero el clasismo tiende a desaparecer entre iguales.
Porque tu arte y mi rareza disonaban en un colegio
castrante, pero se convirtieron en cualidades
al encontrar nuestros respectivos lugares profesionales.

Y sé que esto último no me lo vas a poder refutar.

Me dirás que igual el camino que elegiste te funcionó,
y no voy a discutir eso (aunque podría). Pero no es la solución definitiva, ideal o generalizable (¿ya te dije que yo no soy tan
buena gente?); y tampoco creo que sea justo para nadie tener
que batallar tanto todo el tiempo, enfrentando a gente cojuda,
prejuiciosa, aprovechada… a tanta gente hipócrita
que se llama cristiana, se persigna y al mismo tiempo trata mal
a sus semejantes… gente que es capaz de ir a visitarte y reírse
en la puerta de las veces en que te maleteaba… gente de mierda,
producto de nuestra sociedad podrida, que tiene que cambiar.

Así que para no hacerla larga, y no ponerme más densa,
te pido un favorzote, que ya lo estás haciendo ahora en realidad.
Y es que me ayudes (desde donde ahora estás, no se te ocurra
venir a jalarme las patas que sé te encantaría), a ir generando
conciencia en más personas, y en las próximas generaciones,
a cambiar todas las huevadas estructurales que no toleran
y violentan la diferencia, a ser menos hipócritas, a que nadie más
viva el acoso, a que nuestro pasar por este mundo sea más placentero.

Desde ya gracias por todo, gracias por ser parte de mi vida
y por tu compañía.


jueves, 9 de noviembre de 2017

Pendejada y Violencia


A partir de la denuncia contra un dirigente izquierdista por ejercer violencia contra su ex pareja han surgido varias reflexiones, en especial porque personas que no eran del entorno cercano sabían(mos) más que de actos de violencia de lo que podemos llamar “pendejada”, y que en el contexto de la denuncia, se evidencia su combinación con una violencia psicológica, o más bien ¿será la pendejada una forma de violencia psicológica?

Veamos primero qué entendemos por pendejada, aquí trataré de delimitarlo: “Conducta o acción intencional de una persona en el marco de una relación de pareja –formal o no formal- que busca la satisfacción propia e individual de sus deseos y necesidades afectivas, emocionales y/o sexuales por encima de los de la otra persona, desconociendo un posible trato de condiciones de la relación, o evitando establecer un trato que defina claramente las condiciones de la relación como abierta o cerrada.”

De esta aproximación conceptual surgen algunas características: Puede ejercerse en relaciones heterosexuales y homosexuales, en relaciones establecidas o en “no-relaciones”, y puede ser ejercido tanto por varones como por mujeres. No es una pendejada el ejercicio de una relación abierta si existe un acuerdo previo en igualdad de condiciones. Este último es un elemento a resaltar, pues puede existir alguna asimetría de poder que haga que el trato no haya sido determinado en igualdad de condiciones, y en ese caso estamos ante la figura de la pendejada.

La asimetría de poder suele estar asociada a desigualdades estructurales de clase, étnico-raciales y de género. Entonces, aunque la pendejada puede ser ejercida por varones y mujeres, el machismo estructural favorece un mayor ejercicio por parte de los varones, ya que en el caso de ellos, es cultural y socialmente justificado y elogiado. La pendejada implica necesariamente una intencionalidad, incluso si es bien realizada logra salir de lo que conocemos normalmente como infidelidad.

Hay un alto componente machista y sexista en la pendejada, pero aún es difícil responder categóricamente si es que siempre constituye una forma de violencia. Es mejor señalar algunas pistas para que cada quien aterrice sus propias conclusiones:

  • 1.       La pendejada se sustenta en que los deseos y necesidades afectivas, emocionales y/o sexuales de una de las personas tiene mayor importancia que las de la otra persona. El dar un menor valor a los afectos, emociones y pulsiones del otro, tiene en sí un componente de violencia psicológica.
  • 2.       La aceptación y alta valoración machista de la pendejada ejercida por varones, hace que el éxito en la ejecución de una pendejada sea compartida en espacios masculinos como logros o trofeos, en especial cuando la pareja no descubrió la pendejada. Esto es opuesto a lo que por lo general sucede entre mujeres, donde suele compartirse con complicidad y un poco de culpa, y temor a ser juzgada por las otras mujeres. En el caso de los varones este compartir de las pendejadas fortalece la cosificación de la mujer como objeto sexual, fundamentando el ejercicio de la violencia contra las mujeres en la sociedad, pues se la deshumaniza y a la legitimidad de sus emociones.
  • 3.       La persona, generalmente mujer, que detecta una pendejada en su contra buscará defenderse dejando en evidencia el acto de que es víctima, o ejerciendo venganza. Cualquiera de estas vías puede llevar rápidamente al ejercicio de violencia psicológica, verbal o física, e iniciar una escalada de violencia.
  • 4.       Los hombres que no comparten ni festejan pendejadas con otros, quedan expuestos a ser cuestionados por sus familiares, amigos, colegas varones respecto a su masculinidad, en especial por no ejercer el poder e incluso ser llamados “saco largo”.


En síntesis, la pendejada es tanto una expresión del machismo como una práctica que lo fortalece, así como a los fundamentos de la violencia contra la mujer.


Todo hombre que se considera feminista y/o en contra de la violencia hacia la mujer, debiera reflexionar sobre las pendejadas que ha podido cometer.

domingo, 22 de octubre de 2017

Por sus ancestros o costumbres... Un país que sana

Terminando ya el Censo 2017, y las reflexiones en torno a la pregunta de autoidentificación étnica, con un poco de cabeza fría, es importante pensar qué ha significado este proceso para nosotros como país.

Durante muchos años, siglos en realidad, hemos forjado una lógica racista en la forma de relacionarnos. En esta lógica no solo interviene el color de piel y rasgos físicos, sino también los orígenes y factores culturales como la lengua, la forma de vestir, las manifestaciones de la espiritualidad, la música, danzas, etc. Bien decía un colega, que el racismo no solo se expresa contra las personas, sino contra sus productos culturales.

Toda sociedad funciona como un sistema, algo así como el cuerpo humano o como una familia. Tomaré la metáfora del cuerpo para compartir algunas ideas. El racismo viene a ser una especie de enfermedad cardiaca, pues incide en todo el funcionamiento del cuerpo, haciendo que caminemos más lento y recorriendo todo el sistema a través del torrente sanguíneo. Pese a que convivimos tanto tiempo con este mal cardiaco, recién lo estamos notando y aceptando. Este tipo de enfermedades menos visibles, implica generar una serie de cambio de hábitos, además de la aceptación de la enfermedad. Algo fundamental para el tratamiento de un mal cardiaco es hacer ciertos ejercicios.

Durante la última semana hemos debido hacer el ejercicio de mirarnos a nosotros mismos y reconocer nuestros orígenes, que es algo que nunca habíamos hecho de manera integral como sociedad, como un solo cuerpo. ¿Qué sucede la primera vez que uno va al gimnasio o estrena un deporte? Por lo general habrán partes del cuerpo que no responden, otras que sienten un profundo dolor, pero finalmente logramos hacer la rutina, no sin un importante agotamiento. Eso ha sido pensarnos alrededor de la pregunta 25, en especial para Lima, y quizá algunas otras capitales departamentales principalmente.

Por generaciones, quienes migraban a las grandes urbes provenientes de distintas partes del país no solo se han entremezclado (culturalmente) con otras, sino que han tratado de despojarse a sí mismas y a sus descendientes de todo aquello que les pudiera significar una experiencia de discriminación: sus tradiciones, su lengua, su vestimenta, su espiritualidad… e incluso los rasgos físicos al privilegiar uniones con quienes se acercaban al ideal físico de “blanco”. Hoy las generaciones herederas han sido interrogadas respecto a ese pasado que les fue negado, y hemos visto diversas reacciones frente a ello.

Se ha reaccionado con burla, con racionalización (pregunta mal formulada, confusión de categorías, etc.), negación (no voy a responder), y otras más que constituyen mecanismos de defensa desde una mirada psicodinámica. Muchos pasaron más rápido o más lento de esta primera reacción a una autorreflexión. Es decir, hicieron el ejercicio y pusieron el cuerpo en movimiento. Estos últimos días a las campañas de los Nikkei y Tusán para autoafirmarse, hemos visto también un surgimiento de identidades culturales múltiples por las redes sociales. Esa es nuestra sociedad haciendo ejercicios cardiovasculares para sanarse; y aunque no hayamos sido todos, el ejercicio es saludable y sanador.

¿Qué pasa cuando no se vuelve a hacer ejercicio a los días siguientes? Se vuelve a sentir dolor, y luego retomar la rutina se hace más difícil, y se vuelven a atrofiar los músculos que habíamos activado. Nos toca entonces seguir ejercitándonos en la reflexión sobre nuestros orígenes. Más allá de la pregunta del Censo, ¿quiénes somos? Conocernos de manera continua, reconociendo nuestra diferencia como un valor, y sobre todo haciendo lo necesario para resarcir y sanar el daño a esas partes de nuestra sociedad históricamente discriminada, arrinconada al borde de su propia extinción, es el proceso para tener un cuerpo saludable que funcione plenamente y se desarrolle social, económica y políticamente.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Sheyla y su derecho a la salud

Han pasado ya algunas semanas desde el escándalo suscitado por las “filtraciones al SIS”, y la distancia temporal permite hacer algunos análisis. Antes de ello, precisar el contexto del “escándalo”: Por un lado, un sistema de salud colapsado no por este gobierno, ni por el anterior, sino que viene arrastrando graves problemas al menos desde el primero gobierno aprista y los noventas; y por otro lado, una clara intención de la oposición de petardear a la actual ministra. Dibujado el paisaje general, corresponde revisar las situaciones mediáticamente criticadas a la implementación del Seguro Integral de Salud.

En un funcionamiento ideal del sistema de salud pública, con la recaudación efectiva de impuestos y la gestión eficiente de dichos recursos se debería ofrecer un servicio de salud óptimo para todos y cada uno de los ciudadanos y las ciudadanas, más allá de su condición de pobreza o riqueza.

Ya sabemos que estamos muy lejos de dicho ideal, pero en esa situación esperada, la Sra. Sheyla, o cualquiera con un ingreso, incluso mayor a los 30mil soles que pague sus impuestos tiene derecho a la atención pública.

Lo que viene sucediendo en el país (y en muchos más), es que la atención es tan deficiente, que quienes tienen algún ingreso económico superior a la situación de pobreza, optan por acudir a un servicio privado, que va desde ofertas municipales hasta grandes clínicas internacionales, pasando por falsos médicos e instituciones sin licencia. Es la privatización de la salud, ya sucedió, y no nos enteramos.

Consciente de sus limitaciones en la oferta de servicios, y para garantizar la salud de la población en mayor vulnerabilidad, es que el Estado genera el SIS, aún con una cobertura limitada en cuanto a los problemas de salud tratados, como cáncer, salud mental, etc. Por ello se establecieron algunos parámetros para hacer un mejor uso del recurso público a sectores empobrecidos y vulnerables.

En ese sentido, aunque nuestro caso de análisis (Sheyla) tiene derecho a recibir un servicio de salud pública, no es legal que ejerza ese derecho a través del SIS. O sea tendría que pagar por aquellos servicios de salud como cualquiera que va a un hospital del MINSA y tampoco tiene seguro. Aunque quizá, algún abogado constitucionalista y/o especializado en derechos humanos pudiera demostrar lo contrario en una demanda al Tribunal Constitucional.

El otro caso que se mediatizó fue la afiliación de reos por delitos de lavado de activos y corrupción. Es decir, con solvencia económica. Si bien esto parece contradecir el sentido del SIS, está ajustado a derecho y a ley. El derecho a la salud no se suspende con la privación de la libertad, un claro ejemplo es el reo Fujimori, quien es llevado en movilidad estatal cada vez que requiere ir a la clínica donde se atiende, e incluso ha sido atendido reiteradamente en Neoplásicas, que es una entidad pública. Considerando que la mayoría de reos, al no producir económicamente no están en capacidad de pagar una clínica privada como el Sr. Fujimori, es que el SIS incluye a este grupo poblacional entre los de mayor vulnerabilidad y garantizar su derecho a la salud. Quizá esa norma necesita una modificación para excluir a los reos que tienen solvencia económica, pero eso tendría que sustentarlo también algún profesional en derecho.

Lo anecdótico de estos casos debe tomarse como un síntoma más de la crisis en el sector salud. El parchar el vacío de la capacidad de atención integral y nacional, con recursos específicos a través de un seguro con cobertura limitada a determinadas dolencias, y que va sumando de a pocos a distintos grupos vulnerables (según su capacidad de agencia y demanda), no solo por su situación de pobreza, sino de exclusión, discriminación y victimización, no está funcionando.

Es tiempo de repensar todo el sistema, no solo el SIS, poniendo los principios de eficacia, eficiencia y transparencia del gasto público al servicio del derecho a la salud.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Nelly en el Laberinto – Parte II

Nelly Rubina reside en San Juan de Lurigancho, en un laberíntico cementerio informal camino a la casa de su hermana. Pero Nelly en realidad reside en varios lados, como por ejemplo en el Monumento “El Ojo que Llora”. Ella está allí, en una piedrita, con miles de desaparecidos y asesinados a quienes la muerte cogió desprevenidos, y que hoy conviven en el laberinto del monumento. El laberinto es a la vez una metáfora del azoramiento permanente que fue el conflicto armado interno, y metáfora del caos que ha representado la búsqueda de justicia para sus familiares.

El caos parece perseguir a Nelly desde que llegó a Lima desde Huánuco, y hasta ahora no podemos ofrecerle siquiera una memoria que no asemeje un laberinto con recovecos, falsas salidas y lugares ocultos.

Veinticinco años después de la matanza de Barrios Altos, coexisten, aún entre activistas y defensores de derechos humanos diversas versiones e hipótesis de lo acaecido y de las historias de vida de quienes fueron asesinados allí, incluyendo aquella que se equivocaron de casa al escuchar la canción de Dolorier “Flor de Retama”.

La mayoría de estas versiones coinciden en que algunos o todos los que se encontraban en el solar pertenecían a una agrupación terroristas, luego varían respecto a quiénes y a cuántos, y si es que alguno de los demás vecinos había sido o no un soplón. Todas estas versiones provenían de otra manera del fujimorismo a través de sus diversos tentáculos: prensa comprada, congresistas fanáticos y por su puesto a la cabeza, un grupo de inteligencia que intentaba tapar su torpeza, pero sobre todo su crimen.

La verdad es que era una pollada para arreglar el desagüe. La verdad también es que no estaban solamente los del solar, sino invitados, después de todo había que sacar fondos. La verdad también es que era más para distribuir la pollada que una fiesta en sí, y la cosa ya estaba terminando, incluso algunos vecinos con copas de más se habían retirado a dormir. También es verdad que algunos de los vecinos y vecinas simpatizaban con Fujimori, habían votado por él, y hasta creían en su política anti-terrorista, en la más cruel de las ingenuidades.

Como en todo solar había gente que se llevaba bien y mal, gente que se conocía y quienes no, eso facilitó que creciera la red de mentiras sobre la supuesta filiación terrorista de algunos. Y sí, hubo también un sobreviviente que fue acusado formalmente de terrorismo, fue encarcelado, y luego liberado. Como también se dijo que el papá del niño muerto había estado cumpliendo pena por terrorismo al mismo tiempo que desposaba a su hoy viuda.

Tales eran las historias entretejidas, los agravios, el temor y la desconfianza, que incluso algunos abogados de derechos humanos dudaban en asumir los casos, y es así como en vez de que uno solo asumiera la causa del caso, cada familiar fue encontrando a quien se atreviera a defenderlos.

¿Si puedo poner mis manos al fuego porque nadie en ese solar o en esa pollada simpatizaba con Sendero o con el MRTA? En este país hay presunción de inocencia y libertad de pensamiento, y a quienes fueron asesinados no se les puede juzgar ni menos probar un delito. Sin embargo lo más importante es que la pregunta no es esa.

La pregunta correcta es: ¿pueden agentes paramilitares entrar a una residencia disparando a quemarropa sin ninguna orden judicial, y sin que se esté cometiendo un delito? No. La respuesta es no. Eso es un asesinato, un crimen de lesa humanidad, por eso Fujimori está en prisión, por eso Nelly aún no encuentra paz en ese laberinto de mentiras que es una de las herencias más nefastas del tiempo de violencia que vivió nuestro país. Eso, y pensar que algunas vidas son descartables, después de todo, quienes murieron eran pobres y migrantes, pero como es muy feo justificar así su muerte, mejor digamos que eran terroristas y todo fue un “exceso”.


Aunque injustificable, es comprensible que los ex agentes del grupo colina y los fujimoristas argumenten que los fallecidos en Barrios Altos eran terroristas. Lo que no tiene comprensión y justificación alguna, es que el resto de peruanos y peruanas, sigamos condenando a Nelly y las otras 15 víctimas, a los sobrevivientes y a sus familiares a una memoria llena de mentiras, sin aceptar nuestra culpa como sociedad por la indiferencia, la negación y por haber tolerado y seguir promoviendo que una agrupación política que defiende asesinatos, robos e injusticia siga hoy en el poder.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Día de los Vivos

Volver después de varios meses al espacio de las organizaciones y familiares que incansablemente buscan justicia por los crímenes durante el conflicto armado interno, dio una situación a como debe ser asistir a una gran reunión familiar después de tiempo. Subrayo “como debe ser”, en primera porque al no tener una familia extensa, nunca he asistido a una gran reunión, pero sobre todo, porque todo en el espacio es el ideal de familia que tenemos en nuestras mentes y corazones asociado a esta palabra: la solidaridad, el afecto, la apertura, el cuidado, y la buena y sana expresión de las emociones de alegría, tristeza, rabia, indignación, nostalgia…

Aquellas personas, hombres y mujeres (sobre todo mujeres) a las que solemos llamar “víctimas”, en realidad son la principal reserva de moral y justicia de un país que no se ha caído a pedazos, precisamente por ese terco amor a la vida.

Podría pensarse que quien lleva tantos años bregando por una justicia que llega a cuenta gotas o no llega, que permanentemente recuerda y verbaliza su dolor no con finalidad terapéutica, sino porque la justicia peruana es sorda en vez de ciega, que quienes han resistido tanto tiempo a la injuria y la difamación casi perpetua, aquellas que viven con un ojo alerta, desplegando un energía en hacer surcos en el mar, debieran ser personas ya sin sueños ni ilusiones, cargada de resentimiento. Pero no es así.

Esa idea es un estereotipo estúpido.  ¿A cuántas personas pasados los 40, 50 o 60 conocen que se atrevan a aprender a tocar un instrumento, cantar en otro idioma y hacerlo en público?, ¿a cuántas amas de casa que forman organizaciones y gestionan proyectos?, ¿ a cuántas jóvenes que habiendo terminado una carrera, estudian una segunda profesión y en el camino son lideresas estudiantiles?. Yo conozco a muy pocas, y casi todas sobrevivieron a una historia de violencia que les arrebató parte de su vida.

No quiero decir que es resiliencia, tampoco que salen de su zona de confort, porque no saltaron al vacío, fueron aventadas a un vacío y tejieron con tenacidad y fuerza sobrehumanda una red para las siguientes que eran lanzadas, y para evitar que un país entero cayera al vacío.


No quiero conceptualizar, sino reconocer y aprender de esa sabiduría construida fuera de las aulas a fuerza de convicción, tenacidad y amor. Quiero agradecer esa lección, de cómo continuar el desarrollo personal y profesional, irradiándolo con la misma sencillez con la que el sol nos abrazó ayer en el Campo de Marte, junto al Ojo que llora, que al igual que nuestras actoras a veces ya no tiene lágrimas, pero llora, otras veces ya no llora, pero siempre recuerda.

miércoles, 3 de febrero de 2016

No es bullying, es violencia estructural y simbólica

El término bullying es un anglicismo, aún no aceptado por la Real Academia Española, pero cuya mejor traducción podría ser “acoso entre pares”. Algunos sostienen que el término deriva de los vocablos del inglés " bull" que significa «toro» y la declinación ING implicaría el acto de «torear», o " bully " que significa «matón», «abusivo», «peleonero», etc. Otra versión más probable es que en realidad provenga del vocablo holandés “boel” que significa acoso, ya que el primero en usar este término, fue el noruego Dan Olweus en la década del 70. Lo que Olweus observó fue la agresión o violencia entre pares o iguales, de ahí que el término correcto en castellano sea “acoso entre pares”, que es principalmente físico y psicológico.  
Es imprescindible tener muy claro que para este concepto existe una igualdad previa, pero que el bullying genera un desequilibrio de poder cuando un grupo o individuo tiene una conducta negativa, agresiva y repetitiva sobre alguien que tiene problemas para defenderse. 
             
No es bullying un evento esporádico en que escondan la mochila, tampoco es bullying una broma consensuada. Este fenómeno no es nuevo, lo novedoso es entender que se trata de un problema social, y no de una parte natural del desarrollo en la infancia o adolescencia.
Así, la característica principal de quien tiene el perfil de víctima de bullying es su incapacidad para defenderse, es decir, la carencia de habilidades sociales y de redes de protección; mientras que la el agresor se caracteriza por la necesidad de afirmar su poder, generalmente al interior de un grupo, por lo que el bullying suele ser de dos o más contra uno.
Ciertamente entre los factores de indefensión frente al bullying podemos citar la subordinación de un grupo social respecto a otros en razón de sexo, orientación sexual, étnica, cultural, etc. Sin embargo, habría que preguntarse en cada una de estas circunstancias, hasta qué punto agresor(es) y víctima pueden ser considerados pares, o existe una asimetría de poder previa a la comisión del bullying.
La ruta para solucionar el bullying es bastante simple: se empodera a la víctima brindándole redes de soporte y formándola en habilidades sociales, al tiempo que se genera empatía en los agresores, brindándoles oportunidades para canalizar positivamente su afán de influencia. 
El camino para acabar con el sexismo, la homofobia y el racismo es más largo, aquí hablamos de violencias estructurales y simbólicas en el hogar, la escuela y la calle, que dan soporte a la aparición esporádica de acoso entre pares, como también a situaciones de discriminación y violencia que no necesariamente tienen la persistencia del bullying, pero que suelen ser mucho más perniciosas, porque no afectan solo a un sujeto, sino a un colectivo, y con ello a la sociedad en su conjunto.
La víctima de bullying puede superar su falta de habilidades sociales, y todo acaba al terminar la clase. La víctima de racismo necesita más que eso: Necesita entender el funcionamiento de la discriminación, afirmar su identidad, pero sobre todo necesita un cambio radical en la sociedad.
Las discriminaciones son formas de violencia estructural, y son más permanentes que el bullying, porque no solo se dan entre pares, sino de parte de toda la sociedad y sus instituciones a partir de una asimetría de poder construida históricamente, a veces la violencia se manifiesta expresamente, y con mayor frecuencia de forma sutil. El bullying lo detectamos rápido, las discriminaciones están naturalizadas como: “si usa minifalda está buscando algo”, “no va aprender más porque es indígena”, “ser gay no es normal, dios creo solo a varón y mujer”, etc.
Es positivo que se haya posicionado el término del bullying, pero es necesario aprender a usarlo, existen otras formas de violencia, que necesitan un marco conceptual y de actuación más complejos. Así que, la próxima vez que alguien se sienta mal porque dejaron un post-it en su silla, le pido hacer un sincero análisis de su posición de clase, educativa, étnico-racial, de género, de discapacidad, en fin un análisis integral de su posición de poder en el país, y ver si fue una mala broma, bullying, o una manifestación de violencia estructural.