domingo, 25 de enero de 2015

En qué momento se jodió ... --de nuevo--


En la celebración por los 30 años de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos una de las comentaristas internacionales señaló que tras el colapso del fujimorismo, el gobierno de Toledo debió constituirse en opción de cambio, mas no lo fue y preguntaba en qué momento se perdió la alternativa política al fujimorismo, entendiendo el fujimorismo como una cultura política. En la misma línea, Hildebrandt en la entrevista que concediera a Ideele señala el fracaso del toledismo como una oportunidad pérdida.

Esa oportunidad no solo se perdió porque Toledo cedió el manejo económico al estadounidense PPK, ni porque permitió la corrupción, o porque continuo con la írrita Constitución de 1993.  Lamentablemente las fuerzas progresistas  y de izquierda que acompañaron a Toledo en su mandato también tienen (tenemos) una cuota de responsabilidad en la desconfiguración de la alternativa que este gobierno –aún de transición—debió enarbolar.

En cinco años de co-gobierno y liderazgo de espacios de debate y participación impulsados en un acertado afán de fortalecer la democracia  la institucionalidad desde el Estado, las izquierdas descuidaron las bases, no pudieron evitar que las juventudes se dividieran en peleas de poder y partidarias, y la verdad entregada en ocho tomos a las víctimas del conflicto armado fue insuficiente frente a sus demandas de reparación y justicia. Se quiso sustituir el trabajo de bases por los proyectos de ONGs, y al menos dos grandes grupos entraron en franca disputa de beneficiarios militantes.

Lo siguiente fue la atomización de los partidos de izquierda postulantes al 2016, perdón, 2006 con tres candidatos que fueron incapaces de leer lo que el movimiento etno-cacerista y un outsider Humala (con polo rojo) había logrado capitalizar en el mismo tiempo de trabajo post-dictadura. A ello debemos sumar la incapacidad de Acción Popular de renovarse, convocar, sumar y capitalizar alrededor del candidato de lujo que era Valentín Paniagua.

Tal vez el rotundo fracaso en primera vuelta de las izquierdas divididas las tomó por sorpresa, o quizá lo fue el logro de Humala, o las sospechas (quizá fundadas) que Ollanta inspiraba. Lo cierto es que no existió la capacidad para corregir la lectura equivocada que los llevó a la pérdida de sus inscripciones, y se echó por la borda esta nueva chance de reconectar con la población y posicionar una ideología, un programa, o siquiera una agenda. Como tampoco se tuvo la capacidad de entender lo que pasaba en las regiones hasta que estalló en sus caras la masacre de la Curva del Diablo – Bagua.

Se necesitaron algunos años más y la traición humalista para que un intento de unidad. Pero nuevamente haciéndolo todo mal, con esa vieja manía de demostrar quien representa la “verdadera izquierda”, la “verdadera democracia”, las “verdaderas bases”, sin entender que si hace menos de una década fueron todos separados era porque no todos eran socialistas, o verdes, o moderados, o marxistas. En ese escenario, cualquier presión era susceptible de ser leída como imposición, convirtiéndose en el camino más corto hacia la dispersión, lo mismo que la disputa por la candidata ideal a las municipales. Con esta coyuntura aún fresca,  el anuncio prematuro de pre-candidaturas al 2016 no pareciera ser la mejor estrategia para la cohesión, ni la mejor forma de evitar los errores del pasado.


domingo, 18 de enero de 2015

Talkin' 'bout my generation (Hablando de mi generación)

La generación de la lucha contra el fujimontesinismo fue bautizada internacionalmente como “Generación X” por analistas que no supieron encontrar el factor común o aquello frente a lo que se erigían los entonces jóvenes. En América Latina esa generación ha protagonizado los cambios de las últimas décadas, cambiando las formas de hacer política. Irónicamente, en Perú la politización alcanzada (diferente de la partidarización, que nunca se logró) se frustró con el éxito en derrocar al régimen con los vladivideos. El logro del objetivo por una vía distinta al punto cúspide de las movilizaciones (la “marcha de los cuatro suyos”) fortaleció el individualismo y debilitó la organización. Así, lo siguiente que sucedió fue la disputa interna por puestos de trabajo y cuotas de poder tras las elecciones que sucedieron a la derrota de la dictadura.

Diversos aspectos contribuyeron a que la mayor victoria de esta generación se convirtiera en pírrica para la construcción de la democracia, como la destrucción sistemática de las organizaciones sociales, la estigmatización de las ideologías izquierdistas y de los partidos, el contexto internacional y un largo etcétera, del que este artículo tratará uno: el hueco intergeneracional. Aparentemente la generación inmediata anterior estaba totalmente ausente de la política. No hubo quien diera la posta, la generación de los noventas debió aprender en el camino de sus propias contradicciones, dudando permanentemente de los políticos que les acompañaban. Esta ausencia de los ochenteros llevó a pensar que era una generación a-política, cuando solo era una generación a-partidaria igual que la de los noventas. Sin embargo, parte de la ideología que abrazan es negar la importancia de las ideologías, culpándolas de generar "atraso", mientras la economía es la que genera "desarrollo", que a su vez representa el bienestar.

La segunda ironía es que aunque quienes marcharon contra la dictadura no tuvieron acompañamiento de la generación anterior, le abrieron las puertas para su retorno. El fin de la conflictividad y la reafirmación de la economía neoliberal en el Perú la convirtió en el escenario ideal para el posicionamiento de los yuppies ochenteros. No es que esa generación se hubiera perdido, simplemente un importante contingente salió del país a formarse en la ideología neoliberal del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional; mientras que el resto se paralizó con el terror del conflicto armado interno.

Recapitulando, hay una generación ochentera que cambió las ideologías partidarias por el individualismo y la ideología neoliberal, donde con una economía saludable se logra el bienestar (nótese que esta generación perdió su estatus y sus primeros empleos con la mayor hiperinflación de la historia), y una generación noventera que aprendió que un lobby personal es más efectivo que una organización de masas. Evidentemente existen valiosas excepciones en ambos contingentes que luchan por construir nuevos referentes, pero que primero deben vencer la batalla intergeneracional con los sesenteros y setenteros.

Las generaciones sucesivas tienen como principal referente una combinación entre el individualismo y el culto al dinero, combinado con un énfasis en el uso de las nuevas tecnologías. No debe sorprender por ello que su reacción mayor haya sido frente a un atentado directo a sus bolsillos, y no a la vulneración del sistema democrático como lo hicieron los noventeros. Tampoco debe sorprender el uso de nuevas formas de organización que combinan la tecnología con lo territorial.

La generación de los noventas tiene la tarea de acompañar el proceso, no de analizarlo. La misión es compartir los aprendizajes de las victorias y derrotas, no juzgar el movimiento emergente. El reto es, en suma, propiciar la sinergia que no hubo con la generación precedente para ofrecerle al país la oportunidad real del giro de timó que viene reclamando hace tres décadas.




lunes, 6 de octubre de 2014

Limeñadas

(las peruanadas serán escritas dentro de poco)

La culpa es un invento de las culturas judía y árabe que aprendimos a través del catolicismo. En otras culturas milenarias, como las orientales y las originarias de las américas, la culpa, tal como la formula el cristianismo, no existía.

La psicología humanista, la cognitiva y el psicoanálisis contemporáneo coinciden en criticar la culpa por ser poco saludable emocionalmente, tanto cuando se culpa a otros, como cuando se hace así mismo. Cuando nos centramos en hallar al culpable, sin una visión comprensiva de las circunstancias y los actores, perdemos la capacidad  autocrítica, por lo que estamos expuestos a repetir nuestros errores y ser vistos como soberbios, dañando nuestra relación con el resto. Cuando nos culpamos a nosotros mismos, tendemos a sobre-examinar nuestro pasado, atándonos a él, y nuestra capacidad de acción disminuye. Además, en la tradición católica, la culpa se expía con un acto de constricción y la confesión, por lo que solemos demandar al supuesto culpable una confesión pública.

Estas consideraciones son válidas para todo quehacer humano, incluyendo la política. En vez de asumir responsablemente las consecuencias de nuestros actos y decisiones y superarlos (que sería la recomendación de cualquier psicoterapeuta), desgastamos tiempo, energía y afectos en determinar culpables.

Como tampoco está en nuestras manos viajar en el tiempo para modificar los hechos, son totalmente improductivas preguntas como: ¿y si hubiera habido primarias?, ¿y si poníamos a otra candidata? ¿y si no hubieran roto?, ¿y si no hubieran presionado para evitar la centro-alianza?, ¿y qué tal si no revocaban a los regidores?, ¿y si no se hacía la alianza con el PPC?, ¿y si se hubieran comunicado mejor las obras?, ¿y si los medios no estuvieran en contra?, ¿y si se hubiera mantenido la alianza con Patria al llegar?, ¿y si no se revelaba el “poto-audio”?... ¿y qué tal si la lista del 2010 hubiera pasado por primarias mejor?

La inutilidad del ejercicio es que es interminable si se realiza de manera objetiva, y si se hace desde la subjetividad –como siempre- nos detendremos en quien tiene cara de sospechoso/a, y entonces le exigimos –según nuestra cultura católica que prevalece aún en ateos- que confiese para poder imponerle una penitencia. Porque solo si confiesa y cumple su penitencia podrá obtener el perdón. Mientras tanto, nos sentimos en libertad de guardar rencor, y en virtud de ese rencor, continuar culpando e injuriando.

La actitud racional (madura) es leer los hechos sin buscar culpables, sino aprendizajes que permitan tomar decisiones para el presente con proyección al futuro. Los hechos nos dicen que no somos iguales, que tenemos diferencias programáticas, estratégicas y tácticas, y que ni siquiera hay claridad en todos sobre el sujeto político a representar.

Son los hechos, sobre ellos se ha de evaluar las conveniencias o no de alianzas en determinados contextos, electorales o no; y probablemente sea más en lo no electoral, en las coyunturas cotidianas donde se cristalicen las alianzas. Es la cotidianeidad la que suele dar cohesión e identidad, no la presión, la descalificación o el chantaje.

Los hechos nos dicen que en cuatro años nadie ha logrado empatizar con la población limeña, o habríamos tenido más votos viciados o por Diálogo Vecinal, en vez de la migración del voto anti-castañeda a Cornejo. Quisimos llevar a la población a una polarización entre la honestidad y la corrupción, cuando la queja reiterada de choferes, cobradores, comerciantes informales y sus familias era que “Susana no deja trabajar”. Es esta “clase sobreviviente” (a la violencia, al desplazamiento, la migración y la invasión, a la exclusión,  a la hiperinflación, al neoliberalismo) la que busca ser representada, aquella que, parafraseando el Programa de la Gran Transformación, no se ha beneficiado del crecimiento económico.

Para lograr esa conexión, poco aporta pasearse por los medios golpeándose el pecho o señalando con el dedo a quien no supo… ¿qué?: ¿escoger aliados?, ¿hacer campaña?, ¿gobernar después de la revocatoria?, o ¿gobernar desde el primer día como regidores y alcaldesa? Acá lo que queda es actuar desde la oposición y construir con el pueblo de Lima. De lo contrario, la próxima vez no solo será un corrupto eficiente o quien mate menos quien nos gobierne, sino que se irá abriendo paso otro sector que ayer casi logró la representación en un distrito: el “fascismo nice” de Madeleine Osterling y su virtual regidor electo Oliver Stark.  Existe la izquierda más allá de Villarán. Existe la izquierda más allá de las limeñadas. Existe, incluso más allá delos intentos fallidos de unidad, porque está en las garras que han permitido a limeños sobrevivir todo este tiempo, y que hasta ahora no hemos podido representar.


lunes, 22 de septiembre de 2014

No es por Susana

No voté por Villarán (como me refiero a ella siempre en anteriores escritos), no sería lógico hacerlo ahora. No voté porque no creí que su propuesta fuera una opción de izquierda, además de la inexperiencia de su equipo. Los primeros meses de su gestión parecían corroborar esa impresión, pero de pronto sucedió algo insospechado: Las derechas, pero sobre todo las mafias le temían.

En la vida como en la política y el arte hay escenas que solo se aprecian en su real dimensión a distancia. Así, lo que de cerca parece una superposición desordenada de grupos o puntitos en disputa, para las mafias es la configuración del enemigo en un cuadro impresionista.  

En la izquierda actuamos como esquimales, diferenciando decenas de tonalidades de blanco (o rojo), en tanto la derecha siempre ha sido daltónica. Por eso, mientras discutimos si Villarán es blanco humo o está fuera de los blancos, a ellos les basta con saber que no es de los suyos para rechazarla.
Villarán no ha hecho una gestión de izquierda. Ha hecho obras (duela a quien le duela), pero no se necesita ser de izquierda para hacerlas. Ha hecho obras y NO ha robado, y no debería necesitarse ser de izquierda para no robar. En suma, les ha “maleado” el negocio a la mafia y eso es lo que no le perdonan. Sostengo que este gobierno no ha sido de izquierda porque de haberlo sido habría previsto mejor los impactos del traslado de La Parada y la Reforma del Transporte. Ambos emblemáticos y necesarios, con los que tal vez pase a la historia; pero concebidas
desde la clase media, y no desde esa clase “sobreviviente” que es la mayoría en Lima.

Seguramente había mejores formas de enfrentar estos comicios, de establecer alianzas y regidores, pero difícilmente otro candidato con mejores opciones que alguien que ya es conocido. Reemplazarla hubiera significado ante la ciudad reconocer su “incapacidad”, lo que en boca de la derecha mediática significa la “incapacidad de la izquierda”; porque, reitero,  para la derecha si tiene pico de pato, patas de pato y pone huevos, es un pato, aunque para nosotros sea un ornitorrinco.

Ya no interesa quién dijo qué, quién traicionó a quién, qué adjetivos se utilizaron… un duelo normalmente dura novena días, ese tiempo ya pasó, ahora toca mirar adelante que significa sortear dos batallas: Vencer el “roba pero hace obra”  y evitar que le den una paliza a lo que la derecha, ese “otro”, ha nombrado “izquierda”, porque esa concepción es la que han logrado instalar los medios en el imaginario de la mayoría, para bien (la izquierda existe) o para mal (no es la izquierda que queremos).

El 2010 todo mundo daba por sentado que yo iba a votar por Susana y me tuvieron podrida hasta las 3pm pidiéndome que sea personera, después de ver hasta en la sopa las chalinas verdes y los pines de pick-badges en el Facebook cual limones en remate. ¿Dónde se fue todo mundo? ¿Ya no viven en Lima? Villarán se salió con la suya, sí, ¿hasta cuándo durará el duelo? Seguramente merece un castigo, pero no seamos sus verdugos, la cola desde Alditus hasta Orión para pegarle es más larga que la del corredor azul en hora punta. La verdad Villarán jugó al todo o nada con la reforma y sus alianzas… y sabemos lo que pasa con las apuestas.


No votes por Susana, no le hagas campaña, yo tampoco lo haré. Yo votaré para defender ese imaginario incipiente de la izquierda, porque así, gaseoso, efímero, irreal, es más de lo que nos dejó Fujimori, y porque si lo llenamos de contenido será nuestra principal arma para el 2016, para recordarles que la izquierda sí existe. Es tiempo de politizar esta campaña y trascendernos a nosotros mismos, ya no por la ciudad como en la revocatoria, sino por el país. La batalla tal vez esté perdida, pero no la guerra.

domingo, 20 de abril de 2014

En defensa de Isabel Flores de Oliva

"Patrona de América 1" por Jorge Miyagui
http://jorgemiyagui.blogspot.com/2011/01/patrona-de-america.html
El 20 de abril de 1586, o tal vez el 30 nació una limeña mestiza, que es una de las pocas mujeres de la colonia de quien conocemos parte de su historia y existencia. Ello gracias a que la iglesia católica al declararla “santa” desarrolló una importante investigación y guarda documentos sobre su vida.

Es curioso que a casi 400 años de su muerte, esta mujer siga levantando pasiones encontradas, están quienes la reivindican como una santa milagrosa, orando y ofreciéndole devoción, y hay quienes la detractan tildándola de masoquista y loca.

Sobre la santidad, esta es una categoría propia de la iglesia católica que es quien la otorga siguiendo sus protocolos. Si se es creyente, se acepta esta categoría, si no se es creyente, resulta un tanto ocioso debatir la santidad de una persona, ya que desde el momento en que no se es católico, no se cree en los santos en general, menos en una en particular. También las ciencias de la salud mental tienen sus protocolos para determinar la patología de una persona, una de ellas es que el comportamiento sea extraño para su cultura y sociedad. En la época en que Isabel vivió, la forma de meditación que estaba de moda era el dolor físico, así como hoy está de moda el yoga. Si alguien alcanza mantener por horas una posición extravagante de yoga, no le tildaremos de loco, sino de maestro. Entonces, para su época el lograr hazañas en la forma de meditación de moda no era locura, sino maestría. Loca, además es una categoría usada para deslegitimar a una mujer que no sigue los patrones de conducta esperados para su rol de género en una sociedad.

Desde una postura objetiva y agnóstica, Isabel no fue ni santa ni loca. Situándonos en la época, ser hija de un soldado español y una mujer indígena marcaba un estatus en la sociedad, y se esperaba de ella un buen matrimonio que permitiera a la familia ascender socialmente al estar en un punto intermedio dentro de la pirámide social, el que posiblemente logró su padre con gran esfuerzo al salir de España. Arguedas procesó este dilema de identidad a través de la literatura, Isabel, intentó hacerlo mediante la meditación y el acercamiento a los indígenas (que eran los “pobres”).

Para una mujer en esa época solo habían dos opciones de vida: casarse o ser monja. Isabel tenía una clara vocación de servicio y de acercarse a los indígenas que conoció en su infancia en Quives. La única forma de desarrollarla era la religión. Sin embargo, sus padres se opusieron firmemente, porque bloqueaba así las oportunidades familiares de desarrollo económico y social. Isabel buscó compensar eso trabajando en una de las pocas opciones para una mujer de su rango social: la costura y bordado, aun así no era suficiente, y finalmente nunca le permitieron ingresar al monasterio, con argumentos no del todo esclarecidos.

Debió ser realmente molesto para sus padres y hermanos que Isabel no solo insistiera en ir a cuidar enfermos sino que se reuniera con el mulato e hijo ilegítimo Martín de Porras. Se dice que aprendía de él técnicas curativas. Se sabe que muchas de ellas venían del conocimiento africano. Esto hubiera sido suficiente para acusarla de bruja, por ello seguramente es que no se guardan registros de dichas reuniones, a pesar que luego Martín fuera también reconocido como santo. Pero el estrecho vínculo que mantuvo con las autoridades eclesiales de la época valió para que su comportamiento fuera de la norma para una mujer de la época no fuese tildado de brujería.

Isabel hizo una vida que ninguna otra mujer hubiera logrado en esa época sin el apoyo de un sector de la iglesia católica. Este apoyo, de seguro no surgió únicamente del reconocimiento de su espiritualidad como ellos afirman en sus documentos, sino de la popularidad de la que gozaba “Rosa” entre criollos e indígenas, esa gran masa subyugada en la colonia de la que España temía siempre una rebelión. Ya que ella se limitaba a las obras de caridad, no era peligrosa, y más bien notaron pronto que su carisma podía ayudar a convertir al catolicismo a esta masa temida, y con ello, ejercer cierto control. Por ello no debe extrañar que los trámites para su canonización fueran iniciados (y culminados) relativamente rápido.

La iglesia católica siempre ha actuado combinando criterios espirituales y políticos desde su triunfo en Roma. Por ello transformaron la imagen de Isabel Flores de Oliva, incluyendo el nombre con el que se había hecho popular: Rosa. El catolicismo fue una herramienta para la colonización, y fue estratégico nombrar a una santa mestiza para afianzar la religiosidad en las américas. La opción contraria suponía reconocer que una mujer podía escapar al destino del matrimonio, rehusar los patrones estéticos de la época, revalorar su identidad hacia lo indígena, emplear plantas curativas, predicar,  y mantener diálogo con las autoridades civiles y religiosas de una de las principales capitales de la colonia americana. Es decir, hubiera supuesto acusarla y condenarla de brujería, lo que hubiera sido terriblemente contraproducente dada su ascendencia entre criollos, mestizos e indígenas.

Isabel logró a partir de su propia lectura de la biblia forjarse a sí misma una opción de vida aceptada socialmente y que le permitió su propia autorrealización. Al afearse espantaba pretendientes, al hacer caridad seguía su vocación de servicio, al castigar su cuerpo desarrollaba la meditación, al predicar lograba interceder (incidir) por los indígenas frente a las autoridades, al dialogar con religiosos evitaba ser catalogada de bruja.


Es tiempo de reconocer en esta limeña el real personaje histórico que significó, y desligarnos de la imagen que la iglesia nos vendió de ella, que enfatiza sus milagros y su mortificación porque eran los valores que el catolicismo realzaba entonces. Verla como lo que fue: una mestiza de las primeras generaciones, sensible a la explotación minera de los indígenas, con un carisma sinigual y que trazó su propio camino en medio del machismo colonial.

martes, 15 de abril de 2014

¿Y si el plan siniestro es salvar niños?

La oposición a la unión civil en Perú es tan criollamente hipócrita que bien podría ser relatado por Ricardo Palma. Tiene toda esa doble moral que ha colonizado nuestras mentes e impide afirmar que estamos en un Estado demócrata o liberal.

Hoy lo que está de moda no es ser gay (eso es una orientación, no una opción, menos moda), sino ser tolerante o hasta gay-friendly. Está tan de moda, que muchos homosexuales y lesbianas, en vez de salir del closet para luchar por sus derechos, adoptan la pose del open-mind-liberal-europeo, toreando hábilmente las preguntas por su orientación. A nivel individual es totalmente válida esta opción, pero a nivel social, lamentablemente es un síntoma de que aún no estamos cambiando las mentalidades.

De hecho que sea políticamente incorrecto declararse públicamente homofóbico es un enorme paso, pero que solo se ha dado en algunas esferas principalmente limeñas. No nos engañemos, hace décadas que todo el mundo dice que no es racista, y ahí seguimos. Esa es nuestra habilidad colonial, de tapada limeña que sale a divertirse y el domingo está comiendo hostias.

Que el lado más recalcitrante de la iglesia haya optado por sembrar la idea de que el paso siguiente es la adopción de hijos por las parejas homosexuales, es prueba de ello. Astutamente ofrecen al homofóbico que ya no quiere identificarse abiertamente como tal, una salida para expresar su oposición.

Es bastante iluso que la orientación sexual de los padres determinará la de los hijos. Si la orientación se transmitiera padre-hijo por crianza, no existiría la homosexualidad, ya que casi todxs lxs homosexuales son hijos de parejas heterosexuales que los criaron para que fueran heteros.

No ahondaré en el punto. Ese no es el debate. Acá se debate el acceso a derechos, no el supuesto origen de la orientación sexual.

Y si los hijos de homosexuales son homosexuales, ¿qué? Nadie se preocupa si los hijos de los abogados son abogados, si los hijos de los rubios son rubios o si los hijos de los humanos son humanos, o si los hijos de las palomas son dios.

Más allá del determinismo simplista sobre el destino de quienes sean criados por gays o lesbianas, lo que subyace detrás de esta preocupación es el supuesto que la homosexualidad es mala. No es una preocupación por el abuso sexual del que puedan ser objeto. Una auténtica preocupación por la integridad sexual implicaría impulsar la educación sexual integral, combatir toda forma de violencia contra la mujer, y no obligar a una mujer víctima de violación a culminar un embarazo no deseado.

Si el paso siguiente a la unión civil, es la adopción de niños y niñas por estas nuevas parejas legalmente reconocidas, pues perfecto, deberán ser sometidas a la misma evaluación que toda pareja, adoptar en el Perú tiene un protocolo lo suficientemente complejo como para evitar que menores caigan en manos de pederastas heterosexuales, ¿cuál es el problema?

Si el paso siguiente es la adopción, a lo mejor habrá menos huérfanos en centros de cuidado a cargo de pederastas como en la iglesia comprenderán.


Si el plan siniestro que sigue a la unión civil es que haya menos niños y niñas en las calles, y más familias peruanas diversas llenas de amor en igualdad de derechos, no suena realmente siniestro.

domingo, 16 de febrero de 2014

Del APRA y otros demonios

En la segunda mitad de los noventas, en las marchas contra la dictadura fujimorista, en algunos espacios el APRA era un aliado circunstancial, y lo fue hasta el final de la dictadura, en la marcha de los cuatro suyos y en la recuperación de la autonomía universitaria. Luego vino el vladivideo, la renuncia por fax, el gobierno de transición y la alianza se acabó. Hasta el día de hoy.

Eran circunstancias excepcionales que no se han vuelto a repetir, y esperamos no se repitan. No por un rechazo visceral al APRA, sino porque significaría estar realmente en una grave crisis para el país. Fue el APRA quien dejó en claro que la alianza se acabó con el retorno “triunfal” de García que se victimizaba como perseguido político cuando en realidad huyó a esperar a que sus robos prescribieran, y pronto estableció una alianza con el fujimorismo para garantizar su propia impunidad por los crímenes de sangre de su primer gobierno.

García y sus secuaces han reiterado que no existe alianza alguna ni buena voluntad con el resto de partidos (menos el de gobierno) al salir por su lado a comentar el fallo de La Haya violando el pacto acordado. Su batalla es por el poder, no por el pueblo.

Su intención al criticar los aumentazos es atacar al gobierno para jalar agua hacia su molino, no luchar por mejoras laborales. Al asistir a la marcha convocada por ciudadanos solo pretendían usurpar el liderazgo de la indignación popular.

Hicieron bien quienes convocaban a la manifestación en deslindar con ellos en esta ocasión, y los apristas que se aparecieron en la Plaza San Martín tenían la clara intención de provocar. Mal que bien, tienen una (de)formación política que carecen gran parte de manifestantes independientes de a pie que acudieron enterándose por las redes sociales.

Los medios de comunicación que responden a los mismos intereses económicos de Castilla (autor del aumentazo) y que se empeñan a mostrar a la izquierda como incapaz de organizarse a sí misma, y por ende incapaz de gobernar, encontraron en la bronca la oportunidad para desprestigiar la indignación ciudadana y dejar de cubrir el total de la marcha que llegó pacíficamente (con inusual apoyo policial) hasta el local del Partido Nacionalista.

Los medios dan cabida a la crítica del aumentazo para apoyar a García en su posicionamiento contra el gobierno, pero no quieren ver el tema de fondo: la desigualdad.

Insistir en sindicar el error de un grupo de manifestantes de caer en la provocación aprista es seguirle el juego a los medios que sirven al sistema neoliberal. Pensar que debió permitirse al aprismo o al fujimorismo participar, es creer que ellos iban a compartir el tema de fondo, cuando ambas fuerzas en sus respectivos primer y segundo gobiernos, solo han atacado a los sindicatos y a la clase trabajadora.

En los noventas hice amistades apristas (que he ido perdiendo por desacuerdos políticos) y aún tengo un cariño entrañable por algunos.  El tema es de fondo, no de simpatías o antipatías, por lo que sostengo que en las sucesivas manifestaciones, se deberá seguir deslindando y denunciando el proceder de estas mafias con fachada de partidos.