miércoles, 9 de noviembre de 2016

Sheyla y su derecho a la salud

Han pasado ya algunas semanas desde el escándalo suscitado por las “filtraciones al SIS”, y la distancia temporal permite hacer algunos análisis. Antes de ello, precisar el contexto del “escándalo”: Por un lado, un sistema de salud colapsado no por este gobierno, ni por el anterior, sino que viene arrastrando graves problemas al menos desde el primero gobierno aprista y los noventas; y por otro lado, una clara intención de la oposición de petardear a la actual ministra. Dibujado el paisaje general, corresponde revisar las situaciones mediáticamente criticadas a la implementación del Seguro Integral de Salud.

En un funcionamiento ideal del sistema de salud pública, con la recaudación efectiva de impuestos y la gestión eficiente de dichos recursos se debería ofrecer un servicio de salud óptimo para todos y cada uno de los ciudadanos y las ciudadanas, más allá de su condición de pobreza o riqueza.

Ya sabemos que estamos muy lejos de dicho ideal, pero en esa situación esperada, la Sra. Sheyla, o cualquiera con un ingreso, incluso mayor a los 30mil soles que pague sus impuestos tiene derecho a la atención pública.

Lo que viene sucediendo en el país (y en muchos más), es que la atención es tan deficiente, que quienes tienen algún ingreso económico superior a la situación de pobreza, optan por acudir a un servicio privado, que va desde ofertas municipales hasta grandes clínicas internacionales, pasando por falsos médicos e instituciones sin licencia. Es la privatización de la salud, ya sucedió, y no nos enteramos.

Consciente de sus limitaciones en la oferta de servicios, y para garantizar la salud de la población en mayor vulnerabilidad, es que el Estado genera el SIS, aún con una cobertura limitada en cuanto a los problemas de salud tratados, como cáncer, salud mental, etc. Por ello se establecieron algunos parámetros para hacer un mejor uso del recurso público a sectores empobrecidos y vulnerables.

En ese sentido, aunque nuestro caso de análisis (Sheyla) tiene derecho a recibir un servicio de salud pública, no es legal que ejerza ese derecho a través del SIS. O sea tendría que pagar por aquellos servicios de salud como cualquiera que va a un hospital del MINSA y tampoco tiene seguro. Aunque quizá, algún abogado constitucionalista y/o especializado en derechos humanos pudiera demostrar lo contrario en una demanda al Tribunal Constitucional.

El otro caso que se mediatizó fue la afiliación de reos por delitos de lavado de activos y corrupción. Es decir, con solvencia económica. Si bien esto parece contradecir el sentido del SIS, está ajustado a derecho y a ley. El derecho a la salud no se suspende con la privación de la libertad, un claro ejemplo es el reo Fujimori, quien es llevado en movilidad estatal cada vez que requiere ir a la clínica donde se atiende, e incluso ha sido atendido reiteradamente en Neoplásicas, que es una entidad pública. Considerando que la mayoría de reos, al no producir económicamente no están en capacidad de pagar una clínica privada como el Sr. Fujimori, es que el SIS incluye a este grupo poblacional entre los de mayor vulnerabilidad y garantizar su derecho a la salud. Quizá esa norma necesita una modificación para excluir a los reos que tienen solvencia económica, pero eso tendría que sustentarlo también algún profesional en derecho.

Lo anecdótico de estos casos debe tomarse como un síntoma más de la crisis en el sector salud. El parchar el vacío de la capacidad de atención integral y nacional, con recursos específicos a través de un seguro con cobertura limitada a determinadas dolencias, y que va sumando de a pocos a distintos grupos vulnerables (según su capacidad de agencia y demanda), no solo por su situación de pobreza, sino de exclusión, discriminación y victimización, no está funcionando.

Es tiempo de repensar todo el sistema, no solo el SIS, poniendo los principios de eficacia, eficiencia y transparencia del gasto público al servicio del derecho a la salud.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Nelly en el Laberinto – Parte II

Nelly Rubina reside en San Juan de Lurigancho, en un laberíntico cementerio informal camino a la casa de su hermana. Pero Nelly en realidad reside en varios lados, como por ejemplo en el Monumento “El Ojo que Llora”. Ella está allí, en una piedrita, con miles de desaparecidos y asesinados a quienes la muerte cogió desprevenidos, y que hoy conviven en el laberinto del monumento. El laberinto es a la vez una metáfora del azoramiento permanente que fue el conflicto armado interno, y metáfora del caos que ha representado la búsqueda de justicia para sus familiares.

El caos parece perseguir a Nelly desde que llegó a Lima desde Huánuco, y hasta ahora no podemos ofrecerle siquiera una memoria que no asemeje un laberinto con recovecos, falsas salidas y lugares ocultos.

Veinticinco años después de la matanza de Barrios Altos, coexisten, aún entre activistas y defensores de derechos humanos diversas versiones e hipótesis de lo acaecido y de las historias de vida de quienes fueron asesinados allí, incluyendo aquella que se equivocaron de casa al escuchar la canción de Dolorier “Flor de Retama”.

La mayoría de estas versiones coinciden en que algunos o todos los que se encontraban en el solar pertenecían a una agrupación terroristas, luego varían respecto a quiénes y a cuántos, y si es que alguno de los demás vecinos había sido o no un soplón. Todas estas versiones provenían de otra manera del fujimorismo a través de sus diversos tentáculos: prensa comprada, congresistas fanáticos y por su puesto a la cabeza, un grupo de inteligencia que intentaba tapar su torpeza, pero sobre todo su crimen.

La verdad es que era una pollada para arreglar el desagüe. La verdad también es que no estaban solamente los del solar, sino invitados, después de todo había que sacar fondos. La verdad también es que era más para distribuir la pollada que una fiesta en sí, y la cosa ya estaba terminando, incluso algunos vecinos con copas de más se habían retirado a dormir. También es verdad que algunos de los vecinos y vecinas simpatizaban con Fujimori, habían votado por él, y hasta creían en su política anti-terrorista, en la más cruel de las ingenuidades.

Como en todo solar había gente que se llevaba bien y mal, gente que se conocía y quienes no, eso facilitó que creciera la red de mentiras sobre la supuesta filiación terrorista de algunos. Y sí, hubo también un sobreviviente que fue acusado formalmente de terrorismo, fue encarcelado, y luego liberado. Como también se dijo que el papá del niño muerto había estado cumpliendo pena por terrorismo al mismo tiempo que desposaba a su hoy viuda.

Tales eran las historias entretejidas, los agravios, el temor y la desconfianza, que incluso algunos abogados de derechos humanos dudaban en asumir los casos, y es así como en vez de que uno solo asumiera la causa del caso, cada familiar fue encontrando a quien se atreviera a defenderlos.

¿Si puedo poner mis manos al fuego porque nadie en ese solar o en esa pollada simpatizaba con Sendero o con el MRTA? En este país hay presunción de inocencia y libertad de pensamiento, y a quienes fueron asesinados no se les puede juzgar ni menos probar un delito. Sin embargo lo más importante es que la pregunta no es esa.

La pregunta correcta es: ¿pueden agentes paramilitares entrar a una residencia disparando a quemarropa sin ninguna orden judicial, y sin que se esté cometiendo un delito? No. La respuesta es no. Eso es un asesinato, un crimen de lesa humanidad, por eso Fujimori está en prisión, por eso Nelly aún no encuentra paz en ese laberinto de mentiras que es una de las herencias más nefastas del tiempo de violencia que vivió nuestro país. Eso, y pensar que algunas vidas son descartables, después de todo, quienes murieron eran pobres y migrantes, pero como es muy feo justificar así su muerte, mejor digamos que eran terroristas y todo fue un “exceso”.


Aunque injustificable, es comprensible que los ex agentes del grupo colina y los fujimoristas argumenten que los fallecidos en Barrios Altos eran terroristas. Lo que no tiene comprensión y justificación alguna, es que el resto de peruanos y peruanas, sigamos condenando a Nelly y las otras 15 víctimas, a los sobrevivientes y a sus familiares a una memoria llena de mentiras, sin aceptar nuestra culpa como sociedad por la indiferencia, la negación y por haber tolerado y seguir promoviendo que una agrupación política que defiende asesinatos, robos e injusticia siga hoy en el poder.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Día de los Vivos

Volver después de varios meses al espacio de las organizaciones y familiares que incansablemente buscan justicia por los crímenes durante el conflicto armado interno, dio una situación a como debe ser asistir a una gran reunión familiar después de tiempo. Subrayo “como debe ser”, en primera porque al no tener una familia extensa, nunca he asistido a una gran reunión, pero sobre todo, porque todo en el espacio es el ideal de familia que tenemos en nuestras mentes y corazones asociado a esta palabra: la solidaridad, el afecto, la apertura, el cuidado, y la buena y sana expresión de las emociones de alegría, tristeza, rabia, indignación, nostalgia…

Aquellas personas, hombres y mujeres (sobre todo mujeres) a las que solemos llamar “víctimas”, en realidad son la principal reserva de moral y justicia de un país que no se ha caído a pedazos, precisamente por ese terco amor a la vida.

Podría pensarse que quien lleva tantos años bregando por una justicia que llega a cuenta gotas o no llega, que permanentemente recuerda y verbaliza su dolor no con finalidad terapéutica, sino porque la justicia peruana es sorda en vez de ciega, que quienes han resistido tanto tiempo a la injuria y la difamación casi perpetua, aquellas que viven con un ojo alerta, desplegando un energía en hacer surcos en el mar, debieran ser personas ya sin sueños ni ilusiones, cargada de resentimiento. Pero no es así.

Esa idea es un estereotipo estúpido.  ¿A cuántas personas pasados los 40, 50 o 60 conocen que se atrevan a aprender a tocar un instrumento, cantar en otro idioma y hacerlo en público?, ¿a cuántas amas de casa que forman organizaciones y gestionan proyectos?, ¿ a cuántas jóvenes que habiendo terminado una carrera, estudian una segunda profesión y en el camino son lideresas estudiantiles?. Yo conozco a muy pocas, y casi todas sobrevivieron a una historia de violencia que les arrebató parte de su vida.

No quiero decir que es resiliencia, tampoco que salen de su zona de confort, porque no saltaron al vacío, fueron aventadas a un vacío y tejieron con tenacidad y fuerza sobrehumanda una red para las siguientes que eran lanzadas, y para evitar que un país entero cayera al vacío.


No quiero conceptualizar, sino reconocer y aprender de esa sabiduría construida fuera de las aulas a fuerza de convicción, tenacidad y amor. Quiero agradecer esa lección, de cómo continuar el desarrollo personal y profesional, irradiándolo con la misma sencillez con la que el sol nos abrazó ayer en el Campo de Marte, junto al Ojo que llora, que al igual que nuestras actoras a veces ya no tiene lágrimas, pero llora, otras veces ya no llora, pero siempre recuerda.

miércoles, 3 de febrero de 2016

No es bullying, es violencia estructural y simbólica

El término bullying es un anglicismo, aún no aceptado por la Real Academia Española, pero cuya mejor traducción podría ser “acoso entre pares”. Algunos sostienen que el término deriva de los vocablos del inglés " bull" que significa «toro» y la declinación ING implicaría el acto de «torear», o " bully " que significa «matón», «abusivo», «peleonero», etc. Otra versión más probable es que en realidad provenga del vocablo holandés “boel” que significa acoso, ya que el primero en usar este término, fue el noruego Dan Olweus en la década del 70. Lo que Olweus observó fue la agresión o violencia entre pares o iguales, de ahí que el término correcto en castellano sea “acoso entre pares”, que es principalmente físico y psicológico.  
Es imprescindible tener muy claro que para este concepto existe una igualdad previa, pero que el bullying genera un desequilibrio de poder cuando un grupo o individuo tiene una conducta negativa, agresiva y repetitiva sobre alguien que tiene problemas para defenderse. 
             
No es bullying un evento esporádico en que escondan la mochila, tampoco es bullying una broma consensuada. Este fenómeno no es nuevo, lo novedoso es entender que se trata de un problema social, y no de una parte natural del desarrollo en la infancia o adolescencia.
Así, la característica principal de quien tiene el perfil de víctima de bullying es su incapacidad para defenderse, es decir, la carencia de habilidades sociales y de redes de protección; mientras que la el agresor se caracteriza por la necesidad de afirmar su poder, generalmente al interior de un grupo, por lo que el bullying suele ser de dos o más contra uno.
Ciertamente entre los factores de indefensión frente al bullying podemos citar la subordinación de un grupo social respecto a otros en razón de sexo, orientación sexual, étnica, cultural, etc. Sin embargo, habría que preguntarse en cada una de estas circunstancias, hasta qué punto agresor(es) y víctima pueden ser considerados pares, o existe una asimetría de poder previa a la comisión del bullying.
La ruta para solucionar el bullying es bastante simple: se empodera a la víctima brindándole redes de soporte y formándola en habilidades sociales, al tiempo que se genera empatía en los agresores, brindándoles oportunidades para canalizar positivamente su afán de influencia. 
El camino para acabar con el sexismo, la homofobia y el racismo es más largo, aquí hablamos de violencias estructurales y simbólicas en el hogar, la escuela y la calle, que dan soporte a la aparición esporádica de acoso entre pares, como también a situaciones de discriminación y violencia que no necesariamente tienen la persistencia del bullying, pero que suelen ser mucho más perniciosas, porque no afectan solo a un sujeto, sino a un colectivo, y con ello a la sociedad en su conjunto.
La víctima de bullying puede superar su falta de habilidades sociales, y todo acaba al terminar la clase. La víctima de racismo necesita más que eso: Necesita entender el funcionamiento de la discriminación, afirmar su identidad, pero sobre todo necesita un cambio radical en la sociedad.
Las discriminaciones son formas de violencia estructural, y son más permanentes que el bullying, porque no solo se dan entre pares, sino de parte de toda la sociedad y sus instituciones a partir de una asimetría de poder construida históricamente, a veces la violencia se manifiesta expresamente, y con mayor frecuencia de forma sutil. El bullying lo detectamos rápido, las discriminaciones están naturalizadas como: “si usa minifalda está buscando algo”, “no va aprender más porque es indígena”, “ser gay no es normal, dios creo solo a varón y mujer”, etc.
Es positivo que se haya posicionado el término del bullying, pero es necesario aprender a usarlo, existen otras formas de violencia, que necesitan un marco conceptual y de actuación más complejos. Así que, la próxima vez que alguien se sienta mal porque dejaron un post-it en su silla, le pido hacer un sincero análisis de su posición de clase, educativa, étnico-racial, de género, de discapacidad, en fin un análisis integral de su posición de poder en el país, y ver si fue una mala broma, bullying, o una manifestación de violencia estructural.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Por los vivos

Las sociedades están hechas (entre otras cosas) de rituales construidos alrededor de la vida humana y en comunidad. La muerte es uno de estos hitos, que a diferencia de otros, carga con la incertidumbre respecto a lo que sucede –o no- después. Diversas culturas y confesiones a lo largo del tiempo han ensayado diversas interpretaciones respecto  a lo que sucedería después de la muerte, generando a partir de dichas interpretaciones rituales para ayudar a los finados a su tránsito. Estos rituales pueden ir desde la selección del lugar de entierro, colocar una moneda en la boca, enterrarle con sus súbditos, momificarles, construir mausoleos, oficiar misas, conservar los restos cremados, y un largo etcétera.

Sin embargo, hasta la fecha no hay ninguna certeza sobre lo que sucede después de la muerte, si es que sucede algo. En realidad, son actos de fe los que nos hacen pensar que una oración o compartir una comida ayudarán a nuestros seres queridos a alcanzar la paz, el paraíso, o aquello en lo que creamos desde nuestra religión o espiritualidad.

Por ello, aunque estos rituales están dirigidos a los fallecidos, en esencia cumplen un rol social, al tiempo que un rol en la preservación de la salud mental de las personas y colectivos. El proseguir estos rituales permite a las personas elaborar el duelo de la pérdida de alguien significativo, y hacer el cierre simbólico. De allí que en todos los rituales una constante es la expresión (en silencio, en voz alta o muy alta) de los sentimientos hacia quien falleció. También por ello lo difícil que es para las familias de personas desaparecidas el elaborar su duelo, frente a la imposibilidad de desarrollar algún ritual, que implica normalmente un acto con el cuerpo de la persona fallecida: velarlo, enterrarlo, cremarlo.

Siguiendo la teoría gestáltica respecto al cierre, lo importante es lo simbólico y el poder hacer y expresar todos los sentimientos asociados a la pérdida. El hacer incluye compensar aquellas acciones que no se pudieron realizar y aquello que compense el sentimiento de culpa que pueda existir por lo que se hizo mal o lo que no se hizo, o dijo… entendiendo que la culpa es otra creación cultural con una función de auto-regulación de la conducta inventada por la tradición judeo-cristiana, pero ese es otro tema…

Retornando a los rituales de cierre y su función en la salud mental y la cohesión social, aunque el objeto sean los muertos, los verdaderos destinatarios son los vivos. Por tanto, se puede interpretar que estos rituales constituyen una oportunidad para comprender, expresar y hacer aquello para lo que no se tuvo la capacidad. Cada quien puede crear otras oportunidades posteriores, pero los rituales asociados a la muerte son un espacio privilegiado para ello, pues hay una motivación social para ello.

Siguiendo esta argumentación, aunque los destinatarios son los vivos, el ritual no cumplirá su rol sobre la salud mental como espacio de cierre si es que estos no se desarrollan en función a la persona fallecida. Esto es lo que popularmente se denomina “cumplir su último deseo”, es decir desarrollar los rituales de tal forma que hubiera agradado a quien nos dejó. Cuando se sobrevaloran aspectos formales del ritual religioso o cultural, se corre el riesgo de no “rendir homenaje” al difunto, con lo cual la acto de cierre se ve frustrado. Darle más valor a la formalidad del ritual que a la finalidad del mismo es una forma de fundamentalismo, el que a su vez es un mandato que al no permitir el error, genera a nivel afectivo inseguridad, pobre tolerancia a la frustración, dificultades en las relaciones interpersonales, y puede ahondar problemas de salud mental. En un contexto de pérdida, impide el cierre.

Como se señaló, existe también una función social en estos rituales, bajo la cual podría argumentarse la importancia de las formalidades pre-establecidas culturalmente. Nuevamente se debe buscar cuál es la finalidad social del ritual, y esta es mantener el equilibrio del colectivo en una situación de cambio por la desaparición de uno de sus miembros. Para mantener el equilibrio es necesario que el ritual compense la ausencia de este miembro de la comunidad, lo que lleva nuevamente a la conclusión que el ritual debe desarrollarse en función a la persona fallecida para que también cumpla su función social. Y aquí, podríamos citar los efectos negativos de los fundamentalismos para las sociedades, de los que destacaré la generación de un clima de mayor tolerancia a las diversas formas de violencia.

Concluyendo, se debe centrar los rituales de la muerte en función al fallecido para que sean útiles a los vivos a nivel afectivo y social, pero aún mejor sería seguir desarrollando acciones dirigidas a comprender, expresar y hacer aquello que hubiera agradado a quien deja un vacío en la comunidad, para preservar el equilibrio, más aún cuando quien abandonó la vida terrenal era alguien influyente en su entorno.

Esta larga deliberación es una forma en extremo racional de cumplir con lo último. Te prometo en adelante ofrendarte gestos menos cerebrales querido Pau.


jueves, 2 de abril de 2015

#NoOlvido Cinco de Abril


"Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema."

- César Vallejo, Los Heraldos Negros.



La posibilidad de la disolución de este Congreso si se censurara un segundo gabinete, no hace más que reforzar la vigencia de lo que significó el 5 de abril de 1992. A diferencia de lo que podría suceder en el actual contexto, Fujimori disolvió el Congreso de manera inmotivada e inconstitucional, interviniendo además al Poder Judicial. Es por ello que ese día quien había sido elegido democráticamente como presidente se convirtió en un dictador.

La democracia peruana no solo es frágil por el corto tiempo (23 años) transcurrido desde su recuperación, sino porque durante una década se montaron una serie de lógicas y códigos que atraviesan las decisiones políticas desde el comportamiento electoral hasta la cotidianidad. Esta lógica y códigos responden a una forma de pensar (ideología) a la que muchos llamamos "neoliberal", pero que puede describirse como el individualismo a ultranza o el sálvese-quien-pueda, donde el pobre es culpable de su situación por no ser emprendedor, los derechos son entendidos como privilegios y solo la inversión privada transnacional -preferentemente extractivista- salvará al Perú.

Además, hemos desarrollado una pesimista resignación a vivir así, y a que el país solo es viable con un gobierno centrado en los indicadores económicos, inequitativamente homogeneizante y persistentemente autoritario, como un reflejo de lo que es hoy la convivencia en la capital. No está permitido soñar, menos hacer los sueños realidad, y a quien se atreva, se le petardea hasta convertir el sueño en pesadilla y así se destruyó la posibilidad de una Lima para tod@s y la gran transformación demandada por el pueblo.

Esta actitud fatalista se refleja en la capital con el voto por Castañeda y la resignación ante los constantes atropellos a los derechos y libertades de la ciudadanía, en la apatía frente a la crisis de gobernabilidad que supone la censura del gabinete, y en la pasividad con que consume diariamente la desinformación de los medios serviles al poder (no del gobierno), sino de quienes lucran a expensas del país, que sigue invisibilizado y silenciado por el centralismo de los intereses de unos pocos.

Este cinco de abril iniciemos una cruzada de memoria viva, por ese pasado que sigue vigente carcomiendo los sueños de equidad, progreso y bienestar. Una cruzada que despierte a cada peruano y peruana para despercudirnos del fatalismo y soñar nuevamente, para que el 2016 no repitamos un gobierno que nos pase por encima con autogolpes, esterilizaciones forzadas, recortes a los derechos laborales y ajusticiamientos, pero tampoco con baguazos ni frontón. Despertar del letargo para dejar de construir pisos al neoliberalismo y construir hogares con justicia, equidad, pan y felicidad.


sábado, 21 de marzo de 2015

Racismo Bailable

A catorce años de la participación peruana en la III Conferencia Mundial contra el racismo en Durban, Sudáfrica, más de 30 años de ratificar la Convención para la Eliminación de la Discriminación Racial y a seis meses que Naciones Unidas expresara su preocupación por el racismo difundido en el programa de la Paisana Jacinta, a uno de los pesos pesados de la política peruana y pre-candidato al 2016, no se le ocurre mejor idea que bailar con dicho personaje en televisión nacional.

Atrás quedó el día en que García firmó el pedido de perdón histórico a los afroperuanos en nombre del Estado peruano, para lavarse un poco frente al Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial (CERD) por la masacre en Bagua. No le interesa más fingir, ni por estar en campaña, y nos regala lo que podría ser el “baile del perro del hortelano”.

Este 21 de marzo se conmemoran 55 años de la masacre de Shaperville, cuando el gobierno sudafricano asesinó a manifestantes contra el apartheid. Es un día de reflexión contra el racismo, y en especial contra el racismo institucionalizado. Y viendo la patética imagen del dos veces presidente peruano exaltando un personaje racista, resulta inevitable cuestionarse sobre la institucionalidad del racismo en el Perú.

Desde la universalización del voto, no hay leyes que excluyan expresamente de derechos a colectivos en razón de su etnia u origen. Sin embargo, es poco lo que los grupos históricamente discriminados (indígenas y afroperuanos) han mejorado en su calidad de vida desde entonces. El racismo peruano es un ejemplo de ley no escrita cumplida a cabalidad, y la negación de su existencia es la herramienta perfecta para su supervivencia.

No hay ley que prohíba a un afrodescendiente ser gerente o representante de una empresa transnacional, pero por alguna razón la mayoría son de ascendencia o fenotipo europeo. Tampoco hay leyes que impidan a una indígena ser modelo de una marca importante, pero los catálogos siguen llenos de rubias. Se ha luchado incansablemente contra el estereotipo racista enarbolado por personajes como el “negro mama” y la “paisana Jacinta”, consiguiendo el apoyo institucional de los órganos competentes a nivel nacional e internacional. Sin embargo, estos son legitimados por el ex presidente sin que haya merecido mayor crítica de sus rivales.

En el Perú, el racismo no está reglamentado porque no lo necesita para manifestarse de manera estructural. Es más, con la “tradición” de incumplir leyes, a lo mejor, si se oficializara el racismo, paradójicamente desaparecería. En cambio, la legislación incumplida es la referente a la sanción de la discriminación y a las responsabilidades asumidas al firmar el CERD, además de la legislación que no ha sido generada tanto desde la promoción de acciones afirmativas como de la denuncia de actos discriminatorios.

Sin embargo algo se ha avanzado en la generación de conciencia sobre la existencia (antes negada) del racismo, y hoy son varios quienes alzan su voz frente a actos discriminatorios. Si la costumbre es lo suficientemente fuerte en Perú para institucionalizar el racismo sin leyes, revirtamos el racismo y extingámoslo culturalmente desde la práctica cotidiana.